27/01/2012

1 aniversario de la Casa Roja


¡En hora buena! En un humilde rinconcito de la zona 1 yacía, casi abandonada, una preciosa casa de principios del siglo XX. Afortunadamente, fue rescatada de entre el silencio como una admirable sede cultural. Vestida de risa y sudor, ese rinconcito fronterizo al Conservatorio Nacional de Música, en tan solo 12 meses ya carga con un enorme bagaje artístico, una colección de historias y voces para que, así, la temible Casa Roja, con alma de poeta, continúe infectando.

Con su toque de Midas, en este primer año la Casa Roja ha logrado el crecimiento de la comunidad artística independiente, que los talentos bajo tierra se atrevan a asomarse y alcancen rincones inimaginables. Brindemos entonces por un año de música, poesía, cine y teatro; brindemos por el arte que fue en 12 fantásticos y exhaustivos meses y por el que vendrá. Cualquier vestigio de silencio que habitó en esa casa ahora sonríe gracias al interminable pozo de artistas que la habitan día a día.

Entre sueños

“Te confieso que entramos sin expectativas”, ríe Alfonso Poncho Porras, gestor cultural y miembro del colectivo Luciérnaga, “pero hubo un momento que sobrepasó incluso nuestras capacidades”. Ese rincón escarlata que durante 12 meses ha visto desfilar a chicos y no tan chicos, a artistas y civiles por igual, empezó como un sueño utópico, una linda ocurrencia que, cual bola de nieve, creció hasta desbordarse. De un par de actividades a la semana hasta abarrotarla día a día, se salió de las manos de sus creadores.

“Empezamos con mucho entusiasmo, con la algarabía de un proyecto nuevo”, afirma Silvia Trujillo, gestora cultural y catedrática universitaria. “Y como fue en época de vacaciones, entonces tuvimos muchos involucrados”. Ubicada en la 3ª avenida y 6ª calle de la zona 1, la sede de la Casa Roja comparte hogar con otros tres colectivos: Agacine, Luciérnaga y Libre Café, así como un agregado de la Maestría de Historia de la Universidad de Habana, que la utiliza cada vez que lo necesita.

El misticismo de esta casa, ubicada en el 6-51, surge de los esfuerzos por sentar cabeza del colectivo Luciérnaga que, una vez abandonó el Centro Cultural Metropolitano, se trasladaron a una esquina a dos calles del Conservatorio Germán Alcántara. Ahí, Pancho fue el eslabón que aseguró sede a la Casa Roja. A finales de noviembre de 2010 se empezó a pintar, mover, quitar, poner, limpiar, ordenar y desordenar a gusto, ritual que se repite cada vez que es necesario. “Entrémole, nos dijo Poncho, y con mis alumnos le dimos vida al lugar”, asegura Silvia. Luciérnaga había trabajado muy de cerca con proyectos como Manifestarte y el Festival de Justicia, Memoria y Verdad. Puesto que la dinámica de la Casa Roja era similar, no hubo inconveniente alguno.

¡Está vivo!

“Desde que el proyecto era apenas un sueño, se pensó como un espacio colectivo de debate sobre arte, cultura, juventud y creadores jóvenes. Es un espacio abierto a recibir propuestas...” afirma Silvia. Pero no es solo la apertura de la galería para los exponentes: se trata de un espacio común donde el artista propone y trabaja a la par de la Casa Roja. Parte de esta relación propone un trueque entre expositor y la sede. “Si vendes, dejas un aporte, o nos dejas obra y pintas algo en la pared, no pedimos dinero de lo vendido”, explica Poncho. “La idea es mercantilizar el arte”, afirma Silvia.

Gracias a ese cambio de paradigmas es común que los gestores de la Casa sean abordados a media calle por algún poeta o documentalista interesado en utilizar el espacio. Sin embargo, esta accesibilidad y propuesta terminó por desgastar a los miembros. “Teníamos actividades de martes a domingo, y el hecho de que el colectivo empezó a disminuir nos acabó”, sonríe Silvia. “El espacio es muy versátil: se presta de una exposición a una opereta, pero no había suficientes manos, pues muchos de los chicos involucrados regresaron a sus obligaciones de la universidad por ejemplo”. Con apenas tres meses de actividad, la Casa se abarrotó de actividades, al punto que tuvo que ser replanteada. “Fueron días interminables: se cargaba de cine, literatura, teatro, acústicos, sábados con actividades para niños… era demasiado” afirma Poncho, “y dijimos paremos, porque ya no aguantábamos”.

Propuesta

La galería siguió, hay acústicos de vez en cuando y títeres cuando es posible. Se aminoró la cantidad de actividades pero se mantiene la misma filosofía. “Tratamos de humanizar la imagen del artista”, comenta Bernardo Euler Coy, fotógrafo y gestor cultural. La dinámica de presentación incluye un conversatorio con el autor en cuestión. “Es un crecimiento enorme el venir y decir lo que piensas”, comenta Andrea de Paz, estudiante de Licenciatura en Música en la Universidad San Carlos y encargada de Libre Café. “Durante los encuentros, la gente está abierta a escuchar y te guían. La Casa Roja ha sido un referente fundamental para aprender y expresarte”.

Mediante la creación del debate se edifica un puente de comunicación entre el público y el expositor. El colectivo resalta citas como la de Cecilia Porras, que fue intervenida por Joaquín Orellana, o cuando Julio Hernández presentó su cinta Las Marimbas del Infierno. “Es increíble lo que pasa cuanto juntas al público con el artista”, sonríe Silvia. “Cuando existe esa interlocución, el arte efectivamente permite discutir la realidad social, se involucra y abre discusiones que ni las Ciencias Sociales permiten. Además, es importante para el artista recibir algún tipo de retroalimentación”.

Otro aspecto que promueve la Casa es la circulación de obras y exposiciones. “De momento vivimos en pequeños guettos culturales”, afirma Poncho. “Ahora tenemos la oportunidad de hacer rotar esos exponentes”. Una de las primeras exposiciones que vistió la Casa Roja fue la de La Lupe, que se mudó luego a la Casa Azul y después hacia la Alianza Francesa, con la tentativa de saltar a un escenario en Chicago. “Tenemos redes con otros colectivos que funcionan más o menos igual”, continua Silvia. “Trabajamos intercambio de obras con centros en Xela y Huehuetenango; con eso logramos mover la obra y hacer que recorra otros lugares. De igual forma importamos trabajos del interior, para que entren en circu­lación”. Un ejemplo reciente es el montaje Nomads, del fotógrafo John Sevigny, que empezó en la Casa Roja y terminó en El Patio, en Huehuetenango.

“La casa se creó por la necesidad de un espacio como este”, afirma Silvia. “La gente respondió increíblemente, siempre decimos que todos los que entran a Casa Roja salen contentos”. A pesar del estrés de los días de montaje, todo resulta en el semillero de artistas y oportunidades que ha brindado el local en apenas un año. A pesar de la creciente comunidad de espacios artísticos, Poncho, Silvia y compañía ofrecen uno único, abierto al diálogo, al arte, la cultura y su efecto social.

¿Y mañana?

En retrospectiva, el primer año de la Casa Roja ha logrado extender la telaraña artística a lugares que por mucho tiempo permanecieron ajenos. Innovando a través de una inquietud, rompiendo paredes por necesidad, el esfuerzo de este colectivo ha sentado las bases para una mayor difusión artística y social. A un año de haber echado raíz, la agrupación espera que las paredes del local no impidan el intercambio socio-cultural. La ambición y creciente comunidad artística han encontrado el río donde fluir.

Sacar las obras a la calle, darle mayor importancia a la investigación del proceso cultural y artístico en Guatemala, la creación de un archivo y un circuito donde exportar talentos con propuestas políticas que lo articulen son algunas de las ideas gestándose en las mentes del colectivo. Las actividades no cesarán: la galería es el eje principal de la casa. Son esas sonrisas, gritos y discrepancias las que alimentan al edificio. Sin embargo, ahora la proyección es mayor. Entonces, a comer, vivir, respirar y soñar arte a través de estos fantásticos escenarios y mentes utópicas, listas para crear y recrear.

De fiesta

La Casa Roja celebrará su primer aniversario este jueves 12 en la sede del colectivo. Se inaugurará la exposición fotográfica Panóptica, de Luis Soto.

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